Malentendido en la pareja: Sin culpa ni reproche

Sin culpa ni reproche

Confusión, dolor, celos, rabia, silencios incómodos, resentimiento, discusiones… son los principales estados de uno de los estados más conocidos en toda relación: el malentendido. Veamos una escena que no nos resultará nada desconocida:

malentendido en la pareja
Malentendido en la pareja, ¿Es posible sin?

“Será posible, me engaña ¡a mí! ¡Que le he dado todo! Es que se lo veo. No me lo dice. Y me ve preocupada. ¡Y no me pregunta! Seguro que lo nota. Anda y no. ¡Pero qué desgraciado! ¿Y ella? Porque seguro que es ella. Una p… ¡Ya no puedo seguir así! Pero miraló, que no me dice nada. ¡Y que me quiere! Me da un beso cuando yo tengo ganas de darle un estacazo en mitad de la nuca…”

Esta situación puede ser causa de una infidelidad, por supuesto. Pero la mayoría de las veces se deben a malentendidos. Estos se caracterizan por el desarrollo inevitable de un monólogo interior. Esa fantasía romántica, tan bella como estúpida, de que solo al mirarnos nos entendemos constituye la apertura del monólogo. Ello puede llevarnos a dejar de lado nuestra faceta racional y hacernos actuar como animales brutos e instintivos:

“Me volví paranoica… Cada vez que se descuidaba le cotilleaba el móvil, el correo, lo espiaba… Todo en un intento desesperado de encontrar algo…¡algo que dijera que digo la verdad!¡Estoy desesperada!

Vemos que todo desemboca en la pérdida de la confianza. Muchas parejas, muchas amistades se han roto por malentendidos y confusiones sin resolver. Lo que en principio parece una insignificancia, va creciendo casi sin darnos cuenta hasta convertirse en  un círculo vicioso autoengaño, celos y, sino se pone remedio, ruptura.

¿Y qué hacemos para evitar esto? Tener cabeza ¡coño! Somos humanos y como tales, en momentos determinados, nos vamos a sentir engañados, celosos… Nuestras emociones se disparan, actuamos sin pensar y gritamos y lloramos… ¡Es inevitable! Por mucha confianza que tengamos en nuestro “amante bandido” siempre va a surgir algún momento en que desearías arrancarle la cabeza. Y para evitar antecedentes, incomodidades y horribles ropajes de presidiario es mejor respirar profundamente, calmarnos y llenarnos la boca de helado de vainilla. Nada de pequeñas cucharaditas. ¡Si vamos a engordar igual! Ya lo perderemos en la reconciliación. Así pensaremos las cosas con mente fría.

Porque ya no somos críos que se mantienen estáticos en su mundo. Debemos buscar una solución. Si de todos modos, por unas o por otras, va a haber confusiones y momentos tensos. Y no podemos echar todo lo que hemos invertido por la borda a la primera de cambio. Entonces ¿la solución?  Comunicar inmediatamente aquello que nos hace fruncir el ceño. En serio, es mejor en estos casos recibir una mala noticia que quedarse con la duda. ¡Y aquí sí que cuenta cada segundo! Más que haber dejado el coche que en zona azul. Hay que preguntar, hay que comprenderse y no hay que permitir que nuestra mente cree morbosas escenas de maletas y portazos.

Aunque no lo sintamos, el autoengaño carcome; la duda nos envenena. Señores ¡seamos sinceros con nosotros mismos! Una pareja no es solo un “te quiero”, una cenita y un rapapolvo. Una pareja es comunicación, confianza, dedicación y, ante todo, la búsqueda del equilibrio emocional. Tenemos boquita para algo:

“No podía más, me estaba ahogando. Decidí hablar con él. Lo hice, con el corazón en la mano. Asustada pero liberada. No había ninguna otra. Bueno sí, su madre (ya hablaremos de eso). Aclaramos las cosas, nos reconciliamos a lo grande y aún estamos juntos. Pero que no se fíe…”

Lo cierto es que somos malpensados por naturaleza. Siempre va a haber algo. ¿Es malo? ¡Qué va! También hay que ponerle un poquito de emoción al asunto. ¡Que el buen guiso siempre pica un poco! Tanto romanticismo estomaga.

Y poniéndonos serios, debemos ser conscientes de que toda relación duradera se asienta sobre las bases de la confianza, el respeto y la comunicación. No debemos ver a nuestro novio o a nuestro amigo como un competidor, sino como nuestro aliado. Hay que trabajar señores y, en vez de pepinos y espárragos, cultivar comprensión, consideración y bienestar. Pero ¡eh! ¡Aquí curran todos! No uno arremangado y otro de rositas. Compañerismo y compromiso para conseguir una relación sin culpa ni reproche.

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“Imagen por cortesía de David Castillo Dominici/ freedigitalphotos.net”